Autonomía: la garantía de la dignidad

Vista del Valle de Ricote desde la sierra del Oro en Abarán (Murcia)
Vista del Valle de Ricote desde la sierra del Oro en Abarán (Murcia)

Autor: Carmelo Gómez

No son pocas las ocasiones en que nos referimos a la autonomía como meta en los cuidados al anciano, como con cualquier otra persona objeto de cuidados, aunque en el caso de los mayores esta misión no está exenta de dilemas. El más reciente de los dilemas se me ha vuelto a poner enfrente sobre todo después de conocer el contenido de una sesión formativa que el IMSERSO ha realizado en torno a las sujeciones físicas. Si bien el tema es muy amplio, mi propósito es abordarlo poco a poco, a modo de capítulos, siendo el primero de los mismo este que acabamos de empezar.

Este tema tan candente, nunca mejor dicho, es uno de los más controvertidos en Enfermería pues muchas veces en los que desempeñamos nuestra labor en este terreno profesional recae el peso de colocar una sujeción a los pacientes mayores. Esta intervención, más allá de un mero tecnicismo llevado al terreno de la praxis, supone una confrontación con el mundo de la ética asistencial. Si bien no me gusta recurrir a la ética principialista de Bechaump y Childress, sin abordar previamente con los lectores los riesgos de la misma, ya planteados por Diego Gracia hace años, posiblemente sea la más conocida por ser la única manera de acercarse a la ética que algunos profesores universitarios procuran a sus alumnos desde un analfabetismo académico digno de resaltar. Así, aparentemente las enfermeras nos encontramos ante cuatro principios, esto es, autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia, cuando se trata de abordar una serie de dilemas que se dan en nuestro día a día profesional. Si bien es cierto que la autonomía aparentemente resalta sobre otros principios, no podemos dejar de observar estos, pues de su análisis van a ponerse en contradicción con la primera. Este sería el caso de la utilización de sujeciones físicas en pacientes mayores sin capacidad cognitiva, ya sea esta reconocida legalmente (incapacidad legal, o incapacidad por derecho) o no (incapacidad de hecho) que ponen e en entredicho la autonomía de los mismos. Cuando ya no podemos hablar de la autonomía del paciente como argumento que nos ilumina para acertar moralmente, en cuanto a preferencias de la persona, y legalmente, en cuanto a cumplir lo expuesto en la Ley 41/2002 de Autonomía e Información al paciente, lo que nos queda es un verdadero dilema: ¿porque estoy sujetando a esta persona?. Esta pregunta, si bien a algunos les cuesta admitir su relación con la enfermería, es el centro del dilema. Una vez a que la autonomía del paciente queda abolida hasta el punto de suponer un riesgo para su salud (autolesiones, coprofagia, lesiones a terceros, caídas, etc…) no podemos dejar de opinar, por lo menos, sobre la eticidad de la intervención de la que hablamos.

Para hacer un breve análisis, muy escueto lamentablemente, de la eticidad de la sujeción mecánica, debemos razonar sin dejarnos llevar por las pasiones que de manera evidente se interponen a veces en nuestro camino hacia una intervención éticamente deseable. Ante la situación que se nos da de que un anciano no puede razonar adecuadamente por si mismo, y por ello no poder consentir legalmente, ¿que nos queda?; ante esta pregunta algunos refieren que lo que queda es la responsabilidad diferida en los familiares o responsables legales, o sea, que los familiares decidan sin más. Ya, pero ¿lo que quieren los familiares y/o responsables es siempre lo mejor para el paciente? A modo de ejemplo: si un anciano demenciado empieza a dejar de deglutir porque ya no sabe masticar y tragar, ¿que hacemos?¿dejamos de alimentarle sin más?. Esto mismo es lo que me expusieron el año pasado en un taller de bioética y nutrición en Barcelona, impartido por médicos, y ninguno con formación en bioética. Yo creo que no podemos dejarle sin alimentación. La experiencia nos dice que hay otras maneras de proporcionarle sustento nutricional sobre todo cuando es constatable que la negativa a tragar es producto de una apraxia bucofaríngea como consecuencia del progreso de su demencia, por ejemplo, y que hasta que el paciente entre en una fase de preagonia o agonía pueden pasar ¡¡años!!. Lo contrario es procurarle la muerte al paciente lejos de la evolución propia de su enfermedad. Con la sujeción ocurre lo mismo, esto es, el mismo proceso. El proceso consistiría en lo siguiente: planteamiento real del problema (desnutrición/infecciones), relación del problema con la evolución del paciente (no tragar/comer sus propias heces), alternativas terapéuticas, conocer la voluntad de los familiares, decidir la mejor opción de entre las posibles. Este proceso, tan sencillo en apariencia, se ve en numerosas ocasiones enturbiado por elementos externos a nuestro entender razonado, que van desde posturas institucionalizadas (por ejemplo, el no poner PEG en quirófano a pacientes demenciados como norma) a posturas más individuales (“yo no me meto en lo que decida la familia”), pasando por posturas radicales antisujeciones físicas en favor de “alternativas” no menos exentas de dilemas éticos como medicar al paciente con fármacos de manera que aboliendo su capacidad motora no se mueva y así no tener “nada que sujetar”. Otros elementos son la escasa formación pre y postgrado en cuanto a sujeciones se refiere, también el desconocimiento acerca de que es una sujeción y/o el planteamiento heterogéneo de esto que exponen los profesionales de los juzgados. ante este panorama: ¿Cual es nuestra postura, como disciplina en general y como enfermeras en particular?

Hasta aquí, a modo introductorio, dejamos abierto el debate para podernos situar con valentía, pero sobre todo con la razón como elemento fundamental para empezar a dirimir acerca de la eticidad de nuestras intervenciones, concretamente en cuanto a sujeciones físicas se refiere. En consecutivas entradas hablaremos de los diferentes elementos del proceso de valoración del peso ético de nuestra intervención que hemos expuesto en esta entrada.

Esperamos vuestras aportaciones.

Envejecer en tiempos de crisis

Autor: Francisco de Llanos

La dichosa crisis

La situación de crisis es ya connatural a nuestro mundo actual y, por ende, el término crisis vertebra en gran medida las conversaciones que mantenemos cada día en en nuestras casas, en las tiendas donde vamos a comprar y en los bares. Los entendidos discuten sobre si la crisis es financiera, económica o estructural. Algunos profundizan diciendo que se trata de una crisis de valores humanos, madre de todas las crisis. Así parece que es; y consecuentemente, todos estamos llamados a desarrollar “otro modo de ser” en las finanzas, en la gestión económica, en la creación y distribución de las riquezas, en las relaciones entre las comunidades humanas y en la misma vida personal y familiar. No obstante, la crisis que nos ha venido como diluvio universal puede servirnos de purificación, y ser una oportunidad para crecer de nuevo.

 

“Ir haciéndonos mayores”

La crisis de valores humanos afecta también a nuestro proceso de ir haciéndonos mayores, y a la consideración de la vejez como una época privilegiada de la vida de las personas. ¿En qué sentido?; en el sentido de que una nueva mentalidad se está abriendo paso en nuestro medio social, según la cual ponemos en primer término la utilidad inmediata y la productividad de las personas. Entonces, las personas mayores salen malparadas y subestimadas, incluso ellas mismas se preguntan a veces si todavía valen para algo o si su vida sigue siendo digna de ser vivida. Es una mentalidad peligrosa ya que la vida de las personas mayores (o nosotros mismos si ya somos mayores), que siempre hemos valorado por la entrega que hicieron de sí mismos a los demás, ahora son puestas en duda. Hay personas mayores, incluso, que experimentan su vida como un naufragio; sienten que han perdido su anclaje en la familia, en el trabajo y se ven como hundidas en el aburrimiento.

 

Una doble tarea

¿Cómo podemos afrontar esta “otra crisis” que se presenta al ir haciéndonos mayor? Los buenos educadores nos enseñaron que cuando en la vida se nos presentase un problema, lo que teníamos que hacer era afrontarlo, no esconder la cabeza debajo del ala sino intentar resolverlo. Por ello, ante la posible crisis que nos pueda traer el hecho de envejecer, cada uno hemos de afrontarla y vivirla con dignidad. Para ello, conviene empeñarnos en una doble tarea.

En primer lugar, es importante aceptar que realmente vamos estando mayores. Todos experimentamos que el tiempo se acorta. Ya no tenemos la misma vitalidad que cuando éramos jóvenes. Nuestro cuerpo ya no es como antes, pues nuestra salud tiene sus goteras y nuestro carné de identidad ya no hay que renovarlo más. Nuestro círculo de amistades es menor, y la seguridad que siempre hemos buscado “para el día de mañana” (mejor casa, buen trabajo, un fondo de pensiones, los ahorros, etc.) ahora las vemos más frágiles (nos sentimos más solos en casa, nos falla la salud, hay problemas familiares, etc.). Y este tipo de cosas familiares ahora nos afectan más, a pesar incluso de la compensación de los nietos; y nos da por pensar que muchas ilusiones y proyectos sobre nuestros hijos se fueron al garete. Nosotros mismos, a veces, nos sentimos tristes, y solemos mostrar cierta apatía por las cosas, por las personas, y nos volvemos un poco egocéntricos.

En segundo lugar, para superar la crisis que llega en nuestro proceso de envejecimiento hemos de descubrir la calidad humana que ha tenido nuestra vida personal; pues, a pesar de todo, hemos podido realizar un proyecto de vida más o menos satisfactorio en nuestro medio familiar, social y laboral. Y, generalmente, hemos estado acompañados y ayudados por las personas que nos han querido y, sin darnos cuenta, hemos sido llevados de la mano de Dios. Por ello, tenemos que dejar de pronunciar frases como estas: “ya no valgo para nada”, “estoy mayor”, “he sufrido mucho en esta vida”, “ya nadie me echa cuenta”, “no tengo ganas de nada”; al contrario, sería bonito que pudiéramos decir: “es verdad que estoy envejeciendo, no porque me estoy acabando sino porque estoy culminando el proyecto de mi vida”.

 

Una identidad más allá del tiempo

A esta alturas debemos vivir nuestra vida sin sentirnos presionados por los años acumulados; pues, podemos estrenar una nueva identidad más allá del tiempo. Ya no estamos para sentirnos dominados por el tiempo, ahora debemos ser nosotros los “dueños del tiempo”. Hemos de “seguir hacia el final”, incluyendo en esta nueva identidad de nuestra vejez todo lo que hemos sido anteriormente (historia personal, trabajo, vocación, vida familiar, entrega, servicio, épocas buenas y épocas malas, etc.).

 

Cuidar la propia imagen

La nueva identidad de ser mayores nos exige también cuidar la propia imagen, tanto en lo que se refiere al cuerpo como a la moda o vestido y a la vivienda. Somos cuerpo y en él expresamos nuestra personalidad y nuestra dignidad ante los demás. Cuidar el cuerpo no significa sólo higiene, significa también cuidar la salud, cuidar la ropa, la vivienda y el entorno de vida cotidiano.

 

Actividades con sentido

Una de las cosas que ayuda a una vejez dichosa es desarrollar una actividad con sentido; pues no toda actividad es compatible con la actividad específica de la vejez. Son preferibles actividades espontáneas y creativas, fuera de toda obligación de rendimiento, que no las actividades que hay que realizar muchas veces “porque no hay más remedio”; por ejemplo, no todas las personas tienen el gusto o están capacitadas para llevar todos los días, a la misma hora, sea verano o invierno, a los nietos al colegio, y recogerlos, o vigilar todas las tardes que hagan los deberes.

 

Y nada de depresión

Conviene recordar, por último, que el mayor peligro que tenemos en nuestro proceso de envejecimiento es la depresión, sentirnos tristes. Esto es comprensible porque hemos tenido que desprendernos, o nos han desprendido, de personas cercanas y de cosas queridas en nuestra vida y que ya no podremos recuperar (por ejemplo, familiares, el trabajo, cualidades físicas, relaciones humanas, el reconocimiento social, etc.). Ahora bien, las personas que vamos envejeciendo debemos entrenarnos para no caer en la trampa de la depresión ni dejarnos vencer por la añoranza. Nuestra mirada debe estar puesta en el futuro; y si miramos al pasado es para descubrir que, a pesar de los problemas, alguien providencial ha ido haciéndose presente en nuestra historia. Así podemos valorarnos y comprender que ningún trozo de nuestra biografía se pierde; pues, no somos para la muerte sino para la Vida.

Ayudar en los momentos difíciles, garantía de despedida digna para la persona.

Autor: Susana Delgado

CASER

La atención y oferta de cuidados a las personas mayores a lo largo de los últimos años, ha sido partícipe de   una evolución casi natural, aunque a veces algo forzada por la demanda de la misma sociedad. Esa sociedad, que por un lado se presenta algo elitista e incapaz de afrontar las pérdidas, entre ellas la dependencia y muerte, y que a su vez continúa manteniendo el paternalismo para con sus pacientes y dependientes.

Es difícil dentro de las familias afrontar y avanzar en las fases del duelo descrito por Kubler- Ros (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), cuando en los últimos años nos hemos decidido a apartar la muerte de nuestro entorno. Es curioso ver, cómo hemos pasado de velar a nuestros muertos en domicilio, a mirar a través de un cristal en tanatorios municipales o privados, y cómo se ha dejado de pasear el féretro, para transportar en coche completamente tintado, con el fin de no evidenciar lo que ha sucedido.

Hace poco tuve la ocasión de escuchar en una charla sobre “ Los cuidados en lo últimos momentos en Geriatría”, que si algo estaba científicamente comprobado en la sala era que iba a producirse exactamente un fallecimiento por cada uno de los presentes, nos confunde oírlo tan rotundamente, pero es una verdad absoluta, simplemente no queremos hacer frente a ella.

Este es un gran problema dentro de las familias actualmente, la muerte y la incapacidad se han dejado tan lejos, que pasamos años ignorándolas, y cuando se nos hace presente sale nuestro fuero interno de impotencia y descontrol ante algo que será si o si.

En los centros para personas mayores éste es uno de los problemas para afrontar diariamente, el fallecimiento, la dependencia extrema y los conflictos éticos. Cuando la muerte o deterioro cognitivo llama a la puerta de las familias y el residente presenta un deterioro cognitivo tendremos dos opciones, que la familia evolucione hacia la aceptación de lo que ha sucedido o está por suceder o que no evolucione. La diferencia queda en que si la familia llega a la aceptación luchará junto con el equipo por el único valor que queda en juego a defender que es el bienestar, confort, seguridad. Si el equipo no consigue que la familia evolucione hacia la aceptación y se queda en etapas anteriores entonces peleará por el valor vida. De modo que el conflicto entre valores se pone en marcha.

La otra opción que manejamos es de una familia que está en la negación y un paciente que está en la fase de aceptación, aquí el paternalismo reinante en nuestra sociedad hace que el moribundo pelee por el valor vida impuesto por sus seres queridos cuando él realmente querría luchar por el valor confort con el fin de poder morir de forma digna y tranquila.

En los dos supuestos, los equipos asistenciales están obligados a la negociación y búsqueda de cursos intermedios que salven el mayor número de valores y sacrifiquen el menor número de emociones, valores y sentimientos.

Existen pocas necesidades mayores que dar respuesta adecuada en una enfermedad terminal y no curable, a los sentimientos y emociones que derivan de esto y a las dudas y valores en juego, aquí es donde tiene cabida el Comité de ética.

El paternalismo, la autonomía, dignidad, vida, confort, libertad se enfrentan al final del camino, entre otras muchas cosas porque decidimos seguir luchando sin escuchar al moribundo, porque aceptar la muerte es aceptar nuestra debilidad y porque no estamos preparados para la frustración.

Lo peor de todo para todos es que nuestros mayores se irán, se alejarán para siempre, y negarlo obliga a una pelea a veces sin sentido, donde además no queda espacio para la comunicación, los abrazos, te quiero, gracias y adiós que deberían estar presentes en esa despedida.

Ser valientes en ésos momentos, buscar la mejor opción, escuchar a la persona no es fácil sin ayuda, buscarla es el principio de un buen final.

¿Personas mayores?

Autor: Carmelo Gómez

 

No es difícil oir en diferentes foros diversas maneras de llamar a las personas de edad avanzada, a saber, personas mayores, ancianos, pacientes geriátricos, etc.. Pero en bioética si hay una que llama al debate, que al fin y al cabo es de lo que trata este blog, es la de “personas mayores”. Los profesionales sanitarios estamos habituados a hablar de personas en sentido general pero esto clama a ser matizado, pues ¿realmente sabemos qué significa ser persona?.

Esto que puede parecer una salida de orden de la coherencia y el sentido común no lo es tanto cuando respondemos a preguntas tan banales, por aparentemente sencillas como la siguiente: ¿Qué características tenemos las personas para ser consideradas así?. Unos dirán que la capacidad racional, lo cual es cierto, ya que esto, la reflexión, la planificación, la organización es propiedad exclusiva, al parecer, de los humanos a diferencia de otros primates superiores. Otros dirán, sin ir tampoco desacertados, que es la autoconciencia lo que hace que la persona sea consciente de si misma y por tanto de su papel en la existencia física e incluso trascendental, para otros. La libertad también suelen referir como argumento aquellos que consideran que la persona es la única de entre los seres vivientes que puede escapar a los instintos y por ello desmarcarse de la animalidad; una versión más “ligth” de la libertad sería la capacidad vomitiva: la voluntad, aunque esto no supone la consecución de aquello que se pretende conseguir, sea material (más años de vida sana) o inmaterial (la justicia). Visto así, quedaría claro que al menos aparentemente la racionalidad, la autoconciencia y la libertad, o su versión azucarada que es la voluntad, serían los atributos de la persona humana. Parece fácil llegar a esta conclusión. En este contexto quedarían claras cuestiones tales como la voluntad de someterse o no a determinados tratamientos, o el acceso a los sistemas de provisión de salud, o la voluntad de ingreso a instituciones sociales (no pensemos en lo fácil, es decir, en las residencias, también nos puede valer un centro de día). Una persona que entiende lo que se le dice, lo razona, lo interioriza y lo reflexiona puede tomar la decisión que considere más acorde a sus intereses, sean estos del tipo que mejor le parezca, y ejercerla en función de su voluntad, derivada esta de la libertad en la toma de decisión y de elección de la mejor opción.

Pero, ¿Que ocurre cuando estas características están abolidas o paliadas? ¿Qué ocurre con los niños, que lógicamente no han madurado su lóbulo frontal suficientemente, o que no conocen el mundo y su problemática?¿qué ocurre con los discapacitados intelectuales que por una lesión orgánica cerebral no pueden razonar de manera autónoma?. En definitiva, en lo que nos ocupa, ¿Que pasaría entonces con las personas con demencia, que ya no pueden, en diferentes grados, razonar, ser autoconscientes, o actuar en plena libertad?. Seguro que muchos de los que estáis leyendo estas líneas estaréis diciendo “son personas como nosotros, ¿quien duda de ello?“. Pues de esto dudan autores que actualmente son seguidos en facultades de medicina y enfermería. Son los autores de la corriente utilitaria de la bioética; aquellos que llegaron a hablar de bio-ética saltándose lo más importante: hablar de ética asistencial. Para Singer, por ejemplo, las personas humanas son aquellas que pueden razonar, ser autoconscientes de si mismos y actuar en plena libertad. Los discapacitados intelectuales y mentales, los dementes y los niños, son humanos pero NO son personas, y por ello podrían estar justificadas ciertas intervenciones o la ausencia de estas. Esto es algo que deberíamos reflexionar, sobre todo cuando escuchamos en los medios a algunos personajes públicos que se acuerdan de los mayores cuando se habla de consumo de fármacos, o de la revisión de las pensiones. Si alguno ha leído “La Casa de Dios”, de Samuel Shem, y la definición de lo que algunos entienden que es un GOMER (Go Out My Emergency Rom-traducido libremente como “fuera de mi box de urgencias”), en referencia a los ancianos frágiles que acuden al hospital asiduamente, creo que deberíamos preocuparnos. ¿Pensáis que estamos tan lejos de esas reflexiones?¿nadie ha oído nunca afirmaciones a su alrededor tales como “¿que es esto que me traes? (para referirse al anciano que llega a puerta de urgencias a las 3 de la mañana con fiebre)”?. La respuesta da miedo, mucho miedo…más si cabe que la pregunta.

Os invito a reflexionar unos minutos sobre esto que he intentado transmitir y que supone un punto de inflexión antes de empezar a hablar de bioética.

Relación Asistencial humanizadora con los mayores

Autor: Francisco de Llanos

1.Otra forma de exclusión

Hace tiempo que el eslogan “dar vida a los años” se convirtió en el el objetivo de quienes estábamos empeñados, de una u otra manera, en que nuestros Mayores gozaran de un envejecimiento activo y saludable. Hoy, sin embargo, muchos de nuestros Mayores se han convertido en un recurso económico para amortiguar los efectos de la crisis en sus respectivos núcleos familiares. Se pone así de manifiesto una nueva forma de exclusión de nuestros Mayores en el seno de la Comunidad, al no poder desarrollar otras actividades vitales dentro de la misma. Se origina, por ello, un regreso a situaciones de ansiedad y de rememoración silenciosa; disminuye la experiencia del crecimiento personal, significada en compartir sabiduría, en transmitir serenidad y riqueza espiritual; sobre la base a su vez del natural declive físico. Este fenómeno, además, no es algo aislado sino que tiene lugar en el marco de una cultura positivista que propicia el despojo físico, psicológico, social y moral.

 

  1. Activar un proceso humanizador

Junto a las instancias políticas y socio-asistenciales en general, especial responsabilidad en esta causa compete a los profesionales de la salud, enfermeras, médicos y psicólogos, que no debemos cejar en nuestro empeño por ayudar a que los Mayores gocen de una aceptable calidad de vida, “vida a los años”. Nos referimos no sólo a la satisfacción de las necesidades básicas que se presentan ligadas al proceso de envejecimiento sino que, sobre todo en esta ocasión, aludimos a la satisfacción de las exigencias derivadas de la realización como personas de todos y cada uno de nuestros Mayores. Planteamos la necesidad de una cultura asistencial humanizadora por parte de las enfermeras y enfermeros involucrados en la atención a los Mayores; y entendemos por esta cultura estar dispuestos a activar un “proceso asistencial interactivo” que permita a nuestros Mayores pasar de unas condiciones de vida menos humanas a acondiciones de vida más humanas, teniendo en cuenta las fases de la vida en que se encuentre cada uno, su ámbito natural y las personas con las conviven.

 

  1. Que aliente sus proyectos de vida

La cultura de una asistencia humanizada con los Mayores conlleva que éstos puedan realizar, en la medida de lo posible, sus propios proyectos vitales. Los seres humanos somos simultáneamente aquello que somos y lo que anhelamos ser; esto a su vez nos proporciona sentimientos de alegría, de serenidad, de responsabilidad, de confianza para superar dificultades y problemas, y sentirnos por ello realizados. Ahora bien, este estado en la mayoría de nuestros Mayores fue más bien una esperanza, un impulso en su momento, un “algo” deseado pero no conseguido; por ello, esa cultura asistencial de la humanización ha de tener su origen en considerar que el proceso de autorrealización de cada uno de nuestros Mayores es lo prioritario, el objetivo a conseguir; pues, esa autorrealización de “algo” deseado pero no conseguido aún se muestra clínicamente como un impulso a la salud. Resulta entonces que, aunque parezca utópico favorecer tal impulso, lo que estamos haciendo es promocionar la calidad de vida de los Mayores, “vida a los años”. Asunto éste que, en buena medida, compete al Cuidado enfermero.

 

  1. Sin olvidar la zona de los sentimientos

Un Cuidado humanizador, entonces, por parte de las enfermeras y enfermeros geriátricos y gerontológicos, tanto en su dimensión asistencial y educativa como en la científica y de gestión, conlleva especial sensibilización respecto de la condición humana y una adecuada aptitud para aproximarnos a los Mayores teniendo en cuenta sus vivencias concretas. Nuestra relación profesional con los Mayores no ha de ser, pues, de “puro funcionario” sino que también hemos de establecerla en la zona de los sentimientos.

 

  1. No se sientan obsoletos

Según lo apuntado, no es el fenómeno en sí del envejecimiento o el de la dependencia que este puede acarrear lo que a nosotros nos vincula con los Mayores, no. Lo que de verdad justifica nuestra vinculación con ellos es ayudarles a superar el sentimiento de sentirse obsoletos, de que “no sirven para nada”, creyendo que sus vidas no tienen sentido. Este tipo de relación asistencial con los Mayores puede ponerse de manifiesto tanto en nuestra intervención con ellos para que desarrollen capacidades intelectuales como en la atención pertinente para el desarrollo de las actividades básicas para la vida diaria, y también cuando procuramos su mayor confort en los estadíos finales de la vida.

 

  1. Y seamos profesionalmente efectivos

Junto al aprendizaje de las técnicas y de los métodos que nos pueden ayudar a desarrollar una cultura de la humanización y establecer así una relación verdaderamente saludable con nuestros Mayores, es importante que cada enfermera o enfermero del ámbito geriátrico y gerontológico reúna una serie de características que facilite la efectividad humanizadora de su trabajo; entre otras, podemos destacar el conocer y sentir profundamente nuestro propio devenir humano, el hecho de experimentarnos como personas en proceso de crecimiento, el no sentirnos en nada extraños a la condición humana, empeñarnos en un proceso de solución de los problemas, el no temer en nada a la vida sino sentir la alegría de vivir “a pesar de los pesares”, y sentir los cambios y el crecimiento no como amenazas sino como algo apasionante que nos reta a ser mejores personas y mejores profesionales.

Bienvenido al blog de bioética de la Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica

logo SEEGG color entero

La Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica ha abierto y puesto a disposición de todos los profesionales y cuidadores que dedican su atención a las personas de edad avanzada, esta nueva ventana de transmisión de información y debate sobre los temas éticos que rodean los cuidados gerontológicos.

Esta iniciativa pretende abordar un ámbito que no teníamos cubierto, con el propósito de convertirlo en un espacio para compartir experiencias, vivencias y opiniones que sirvan de crecimiento, tanto personal como profesional, y permitan abordar los cuidados alineados a los principios de la bioética.

Sean todos bienvenidos.

 

Fernando Martínez Cuervo